El Maestro Waldorf como agente de cambio

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Por Arturo Cervantes

Hace poco, en nuestra junta de maestros de los jueves, surgió una pregunta que quedó resonando en las mentes de quienes estábamos presentes: ¿Cual es el verdadero eje de la educación primaria fundamentada en la antroposofía? Responder esto más allá de los textos y como maestro de grupo no resultó tarea simple, ya que nuestra labor docente presupone un acercamiento espiritual, humanista y con base científicas al niño, tal como Steiner lo estableció en su “Estudio del hombre como base de la pedagogía”. A la vez, nuestra labor parte de la necesidad de autoeducación que como adultos buscamos asumir, particularmente quienes no fuimos educados en la pedagogía Waldorf. Así, con estos dos elementos en mente: la calidad de la didáctica y la calidad del educador, puede uno como maestro de grupo revisar los fundamentos de su trabajo diario, procurando tener siempre como objetivo al alumno y su proceso.

Quienes hemos tenido la gran oportunidad de ir acompañando a un grupo de alumnos desde primero hasta sexto grado, hemos podido darnos cuenta de que, en primer lugar, hay una resonancia entre las diferentes edades de los estudiantes y las vivencias propias del maestro en el marco de su biografía. Esto no quiere decir que nuestra aula sea un diván de psicoanalista, sino que podemos revisar mucho de lo que aprendimos cuando niños, y sobretodo, mucho de lo que vivimos en esa etapa. No es raro que entre maestros hagamos comentarios sobre que por fin hemos entendido algo, de una u otra materia, que en nuestro paso por la primaria no captamos o simplemente olvidamos. Tampoco es extraño a nuestra labor recordar momentos de nuestra escuela primaria, entre los que destacan emociones y sentimientos que han permanecido en nosotros hasta nuestra etapa adulta, provenientes de nuestra infancia. Sin embargo, la revisión del eje de nuestra labor en la escuela primaria no puede quedarse solamente en la resonancia emocional o en las carencias -o riquezas- académicas personales. Siendo ya adultos educadores, nuestra mirada siempre debe estar colocada en el alumno y sus necesidades, tanto académicas como anímicas y hasta físicas. En su conferencia del 23 de agosto de 1923, pronunciada en Oxford, Rudolf Steiner comparó la estructura de la escuela Waldorf con la de un organismo vivo, con su respectivos procesos vitales. Partiendo de esta imagen, la labor del maestro en nuestras escuelas no puede estar alejada de este precepto: la vida se presenta evolutiva, en oposición a lo estático. Así, una primera respuesta a la cual es el verdadero eje de la educación primaria Waldorf o quizás sería mejor usar el plural: cuáles son los verdaderos ejes -podría ser aquello que resuena con la vida y la vivencia, con la evolución, con lo anímico-espiritual, por encima de los estándares que las instituciones marquen como lineamiento.
Steiner va más allá en sus preceptos sobre la calidad de la condición del maestro cuando señala que la labor de la enseñanza debe ser concebida desde el corazón y que ha de llevar un sello de integridad, no solamente personal: todo lo anímico de la enseñanza debe llevarse a lo físico-práctico de la vida. ¿Qué quiere decir esto en términos llanos? que todo lo que como maestros diseñemos para nuestros alumnos debiera llevar implícita su aplicación en la vida concreta de los estudiantes, sea en la infancia o en su adultez. El primer día de clases en primero de primaria, por ejemplo, comienza con una charla del maestro o maestra a sus nuevos alumnos, en la que se les cuenta que en esa fecha inicia una nueva etapa en sus vidas. Se les dice que las manos con que contamos están hechas para trabajar y se hace con esos una reflexión respecto a que los adultos hemos aprendido muchas cosas en nuestras vidas y que ellos, como niños, también las irán aprendiendo, para que cuando lleguen adultos sean personas capaces. Éste acto pedagógico conlleva integridad, ya que no estamos mintiendo a los niños, ni los estamos llevando a un concepto inadecuado para su edad, sino que, partiendo de la realidad, reflexionamos con ellos desde una nueva perspectiva, no vista en el jardín de niños, y trazamos un camino que los conducirá por el resto de su educación formativa, hasta los 21 años de edad, en promedio. Además, se los dice un adulto que está dispuesto a hacer, más que hablar, a mostrar con hechos, y no con palabras y conceptos. Esta puede ser otra respuesta sobre los verdaderos ejes de la educación primaria fundamentada en la antroposofía: veracidad ética y relación con la vida real concreta.

Por otro lado, los postulados sobre los septenios como base del desarrollo humano que Steiner formulara también en “Metodología y Didáctica” son una base para la concepción y la planeación del quehacer del maestro a lo largo del ciclo escolar. Esto quiere decir que no podemos vernos como maestros al frente de alumnos de una escuela Waldorf si no tomamos en cuenta las necesidades físico-anímicas de nuestros alumnos, partiendo de la edad que tienen, del septenio por el que transitan y de los rasgos de su individualidad que se presentan al ojo observador de adultos. Por ejemplo, la fracciones (O quebrados) son abordados de manera tradicional en las escuelas no-Waldorf desde el segundo año de primaria, pero resulta que el niño de esa edad aún no siente en sí mismo su separación respecto del mundo circundante, sigue todavía en la fronteras de la infancia dorada donde todo es unidad. En la pedagogía antroposófica sabemos que solamente cuando el alumno ha pasado por la etapa del Rubicón ya está listo para sentir la fracción en su interior; esto no sucede antes de los nueve años, es decir, del tercer grado. Por ello, la fracciones son parte del currículo Del cuarto grado, cuando los niños perciben al individuo en acción, la fragmentación y las diferencias entre unidad y fracción en su interior. Si ven plasmadas estas imágenes de fragmentación en el exterior como algo natural, son reconfortados en lo emocional, mientras que en lo mental-cognitivo pueden concebir sin dificultad el proceso fraccionario. Esta podría ser otra de las respuestas a nuestra cuestión inicial sobre los ejes del educación desde la perspectiva antroposófica: todo a su debido tiempo.

Por supuesto, y sin etiquetar a nadie -porque hacerlo es algo estático, opuesto a los postulados Waldorf, otro de los fundamentos del maestro debiera ser el conocimiento sobre los temperamentos. Sin embargo, hay que ir más allá y, como lo establece Steiner en su texto “La educación del niño desde el punto de vista de la Antroposofía”, debemos examinar en primera instancia no el temperamento del niño, sino el del maestro que, con una disposición bien definida, pone el pie en el aula: Es colérico, flemático, sanguíneo o melancólico y así se presenta ante los alumnos.
Steiner formula la pregunta: ¿que debemos hacer como educadores para el dominio, la autoeducación de nuestro propio temperamento? y se responde afirmando que sólo puede resolverse esta cuestión sabiendo cómo influye este temperamento del maestro en cada uno de sus alumnos. Sin embargo, no hay que perder de vista que el maestro es el conductor en el aula, de los estados anímicos de sus alumnos. He aquí otra respuesta sobre la cuestión de los ejes del educación desde las perspectiva Waldorf: alcanzar como maestro el autoconocimiento y el conocimiento de los otros (alumnos, colegas, padre de familia).

Por último, apoyándonos nuevamente en las palabras de Steiner, en su obra “Las tres fuerzas esenciales de la educación” él señala que no se puede enseñar ni hacer obra del educador si no se tiene constantemente presente al ser completo, al niño que mañana será adulto, pues sabemos que, desde la perspectiva Waldorf, el objetivo de la educación debe ser justamente formar seres humanos libres, aptos para establecer por sí mismos metas y dirección en sus vidas. Para lograr esto, desde la perspectiva antroposófica, el maestro debe tomar en cuenta que cada ser humano tiene un cuerpo físico, una vital -que contiene la energía de vida, uno anímico -donde las emociones encuentran al alma-y un yo -ligado a un espacio espiritual. Asimismo, este educador debe considerar en su trabajo y en su ejemplo que estos cuerpos del ser humano no siguen un desarrollo paralelo, sino que cada uno de ellos evoluciona a su tiempo, en el transcurso de los primeros 21 años de vida de una persona, de acuerdo con una línea marcada por lo espiritual. He aquí otro eje de respuesta para concebir la educación primaria basada en la antroposofía: todo niño a nuestro cargo nos recuerda nuestra verdadera esencia espiritual.

Ya para concluir con estas reflexiones, cabe que el maestro se pregunte: ¿En qué forma he de transmitir a mis alumnos lo que yo he aprendido? ¿Es suficiente enseñárselos tal como yo lo aprendí? a juzgar por las condiciones imperantes en el mundo, gracias a la educación tradicional, como señala Steiner, no, no es suficiente. Lo decisivo, afirma él, es la relación mutua entre maestro y alumno, y por eso se busca que el maestro acompañe a su grupo de alumnos desde el primero hasta el octavo grado. En el período escolar resulta de la mayor importancia lo que el maestro es como ser humano, qué impresiones recibe el niño gracias al educador y si este es digno de imitación y admiración por parte de sus alumnos. Aquí no puedo dejar de recordar las recomendaciones dadas a los maestros de la primer escuela Waldorf, en Stuttgart, en 1919, en especial lo referente a la actitud personal del educador: ser veraz y hablar siempre con la verdad, tener un verdadero interés por las cosas pequeñas y grandes de la humanidad y, en especial, no agriarse y ver la vida y la enseñanza en el aula con buen sentido del humor.

 


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3 comentarios en “El Maestro Waldorf como agente de cambio

  • Colegas de Arbol de Vida, con sorpresa me encuentro con este pequeño ensayo de mi autoría, publicado en su página, ya que nunca se me pidió permiso de publicación. Por otro lado, este tipo de reflexiones hechas en México y en el ambiente de la Pedagogía Waldorf, debieran ser más promovidas en nuestras comunidades. Por ello, les pido anexar a mi nombre la leyenda “Waldorf Los Caracoles / Valle de Bravo, México”.

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