Cada cosa en su momento

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Por Yolanda Mújica

Pocos padres en sus cabales celebrarían saber que en la fiesta de cumpleaños del amiguito de Paco (6 años), la mamá del festejado les ofreció a los niños unos tequilitas. Sí Sarita (11 años), pidiera pasar por la farmacia antes de llegar a casa porque esta noche vendrá dormir su novio y necesita “alguna protección”, mamá y papá pondrían el grito en el cielo. De igual manera, Ema, la querida abuelita de Erick (13 años) se opondría rotundamente a que los padres del niño le permitieran tomar su mochila y partir en autostop rumbo a la Patagonia. Parece que el sentido común de padres y abuelos Funciona muy bien cuando se trata de cosas tan obviamente relacionadas a una cierta edad o etapa de la vida. Pero, ¿qué pasa con todas aquellas cosas que no son tan obvias? ¿Acaso no nos parece normal que los niños pequeños desayunen viendo el noticiero? ¿Que en el camino a la escuela escuchen un programa de radio clasificación C? ¿No hay familias que consideran un logro del niño que ya sepa leer a los cinco años? ¿Que sea un atleta de alto rendimiento a los ocho? ¿Que a los diez tenga computadora y televisión en su habitación?¿Que a los once “vaya a ligar” a la plaza comercial? ¿A los trece pase la tarde tecleando en el celular de moda? ¿Que a los catorce vea películas clasificación C? ¿Dónde queda pues el “sentido común”?

En la actualidad parece haber una tendencia generalizada a apresurar todo en la vida (por lo menos hasta llegar a una cierta edad, en la cual quisiéramos iniciar una cuenta regresiva).

Síntomas de ello podemos encontrar por todos lados: profesionistas que se formaron a todo vapor en universidades con carreras de tres años, comidas pre-cocinadas para no perder tiempo en la cocina, medicinas que quitan la molestia en tres minutos, tecnología ultra veloz en todas las áreas. De igual manera, nuestros niños tienen cada vez menos tiempo de infancia. Y aún ese tiempo se lo llenamos de actividades extracurriculares y acaban teniendo agendas estilo ejecutivo. Y nos causa una rara satisfacción hablar de ellos como “adolescentes”, cuando tienen diez años. ¿Alguna vez nos hemos detenido a preguntarnos qué repercusiones tiene todo esto en la formación de niños y jóvenes? ¿Qué repercusiones para su vida adulta? Una de las premisas fundamentales de la educación Waldorf es que cada actividad y cada materia de estudio deben esperar a que el niño esté en la etapa adecuada para recibirla. En otras palabras, así como hay un lugar para cada cosa, también para cada cosa hay un momento.

Quien haya visitado alguna vez un salón de Jardín de Niños en una escuela Waldorf habrá podido sentir una atmósfera de calma y tranquilidad, a pesar de que allí haya 20 o 25 niños inmersos en sus actividades. El hecho de tener un ritmo cotidiano tan meditado por parte de los adultos a cargo genera una atmósfera muy particular. Las actividades allí responden a las necesidades que los niños tienen entre los dos y los siete años: exploración del mundo a través de sus sentidos, observación e imitación de las personas adultas que le rodean, aprendizaje a través del movimiento, interiorización de su lengua, habilidades sociales e imaginativa desarrolladas a través del juego libre. En vez de presionarlos con una formación académica prematura, se les ayuda a desarrollar las habilidades y capacidades que más adelante le servirán para enfrentar los retos de una sólida educación. Cuando Anita ayuda a su maestra con los ingredientes para hacer el pan, todos sus sentidos están inmersos en su tarea y ella está capacitándose para trabajar con aquello que llamará “fracciones” cuando esté cursando el cuarto grado. Cuando Juan Luis está tejiendo con los dedos, aparte de realizar una bonita labor manual, y desarrollar sus habilidades motoras finas, está ejercitando ambos hemisferios de su cerebro.

El currículum Waldorf está diseñado para que los niños reciban contenidos que han sido cuidadosamente pensados para cada etapa del desarrollo. Así, cuando entre los nueve y los diez años los chicos están “separándose” de su entorno, trabajan con los oficios que la gente adulta desarrolla en el mundo y esto los ayuda a ver ese mundo de otra manera. La armonía y belleza del movimiento del niño de quinto grado es el momento apropiado para estudiar las plantas, cuyo movimiento y crecimiento tienen una tranquila belleza de forma, gesto y color. De igual manera, la cultura griega con su ideal de fuerza, belleza y armonía es el tema central para los niños de grado.

Para los jovencitos de séptimo, que se preparan a la gran aventura que significa crecer y andar por cuenta propia en el mundo, los relatos de los grandes viajeros y descubridores de la época del Renacimiento, les ayudan a comprender que venciendo el miedo a “los océanos habitados por monstruos marinos” pueden llegar a descubrir nuevos territorios.

Volviendo a las preguntas del inicio de este artículo: la educación Waldorf no es (o no debería ser) privativa de las escuelas Waldorf. Ciertamente es un privilegio que muchos niños puedan asistir a una escuela Waldorf, pero la educación Waldorf es algo que pertenece también a la casa, a la familia. Y es por ello que los adultos involucrados con la formación de los niños haríamos bien en preguntarnos: ¿es esto adecuado para la edad de mi hijo?


Yolanda Mújica es fotógrafa de profesión. Completó el curso para formación de maestros Waldorf en el Centro Antroposófico de México, donde ha sido también colaboradora. Dio clases de modelado en barro en el Centro Educativo Goethe (hoy Escuela Waldorf de la Ciudad de México) y de taller artesanal en la primaria y secundaria de la escuela Waldorf de Cuernavaca. Fue maestra de grupo de 6to y 7imo grados combinados en el Colegio Los Charcos en San Miguel de Allende. Desde el primer número, es codirectora y coeditora de la revista de educación Waldorf Al alba. Actualmente es maestra de grado en Árbol de Vida, comunidad educativa waldorf.


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